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Reflections of a Missioner |
By Brother David Henley |
¿Cómo se lee la biblia?
Febrero 2010
Cuando yo era un niño, la biblia grande del color de oro que mi familia poseía fue colocada en un lugar muy prominente en la sala de nuestra casa para que todos miraran. Parecía muy linda y muy elegante en su lugar pero nunca la usábamos. No la abrimos para leer. Más tarde cuando yo era grande, compré una biblia que podría llevar conmigo y empecé a leerla. Las palabras que leía me impresionaron mucho, y pensé que era una lástima tener una biblia en casa tantos años sin utilizarla. Yo creo que esta experiencia me animó a vender biblias. Ahora en la cajuela de mi carro siempre tengo biblias católicas para vender. Aquí en la parte rural del estado de Arkansas no hay una librería católica que vende biblias.
Vendo biblias a buen precio para acomodar a la gente, no para sacar ganancias para la iglesia. A veces se la regalo a una persona que no tiene dinero. Ahora la gente me conocen y a veces me paran en la calle o dondequiera me encuentren porque saben que tengo biblias en mi carro. Durante el tiempo que he pasado en la misión, la librería de mi cajuela ha crecido y ahora ofrezco libritos de oraciones, folletos de información católica y artículos religiosos también. No vendo biblias grandes ni de color de oro sino biblias útiles que se puede cargar y biblias con letras grandes que se lee más fácilmente.
Un día fui a visitar a una familia en su casa. Durante la visita noté que existía un problema en la casa que era que al abrir la puerta entre la cocina y la sala no se quedó abierta sino que cerró por sí mismo. Aparentemente el problema ocurrió muchas veces porque la familia había inventado una solución – usar algo para que la puerta se quedara abierta. La solución – ¿cómo que no? – fue usar la biblia para sostenerla abierta. Era un libro pesado que nadie utilizaba para leer. Luego una vez alguien me comentó, “Ya hemos comprado una biblia que sabemos leer.” Los libros grandes y pesados dan miedo porque ni se sabe dónde empezar.
San Jerónimo dijo, “‘Quien come mi carne y bebe mi sangre’ encuentra su aplicación en el misterio eucarístico; pero el verdadero cuerpo de Cristo y su verdadera sangre es también la Palabra de las Escrituras... Ya que la carne del Señor es un verdadero alimento y su sangre una verdadera bebida, nuestro único bien, se debe comer su carne y beber su sangre, no solamente en el misterio eucarístico, sino también en la lectura de la Escritura.” Y el Documento del II Concilio Vaticano, Dei Verbum nota que “‘La Iglesia’ recomienda insistentemente a todos los fieles… la lectura asidua de la escritura para que adquieran ‘la ciencia suprema de Jesucristo’ (Flp 3,8), pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (San Jerónimo).
Por eso aquí en la misión hemos iniciado un grupo de estudio de la biblia para adultos. Tener una biblia en casa no vale si no se la lee. Y la segunda carta de Timoteo explica que “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, rebatir, corregir y guiar en el bien. Así el hombre de Dios se hace un experto y queda preparado para todo trabajo bueno” (2 Tim 4, 16-17). Aquí en la misión y en particular en estos tiempos de muchos cambios en el mundo tenemos que compartir la verdadera palabra para combatir las profecías falsas y construir bien el Reino de Dios.
Dios instruyó a Ezequiel y a todos nosotros: “cómete estas palabras.” Comer las palabras y vivir la fe causa que la biblia abre la puerta, no entre la cocina y la sala sino entre nuestro mundo y el cielo, la puerta que nos deja conocer a Jesús y la puerta que deja pasar la inspiración del Espíritu Santo. Y esta es la verdadera puerta que queremos abrir en las misiones. Y por eso necesitamos misioneros para abrir la puerta y proclamar la palabra.
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