"Cincuenta años después"

Posted: 8/24/2018

Por padre Chet Artysiewicz   

   En 1968 me estaba preparando para graduarme de la universidad, pero en esa primavera nuestro país fue sorprendido por los asesinatos del reverendo Martin Luther King Jr. y del senador Robert Kennedy. En efecto, habían pasado menos de cinco años desde el asesinato del presidente John F. Kennedy y el recuerdo de esa tragedia aún estaba presente. Imagino que ustedes han escuchado hablar del Dr. King y del senador Kennedy en los meses recientes. Eso es, sin duda, el resultado de los esfuerzos continuos por abordar el tema del racismo en nuestra cultura.

   Estados Unidos no acapara el problema. Tristemente, toda la humanidad es capaz de pecar – optando por la obscuridad en lugar de la luz. ¿Por envidia?, ¿Por ego? La atrocidad contemporánea del tráfico humano a menudo tiene conexiones raciales. Una vez que se considera a una raza de personas como inferior, es un pequeño paso para justificar su explotación. Después de todo, no son “realmente” humanos—al menos no como nosotros…

   Cuando era pequeño, recuerdo a mis padres diciéndome: “Si alguna vez te pierdes o estás en problemas, busca a un policía; él te ayudará”. Este niño de 5 años lo tomó en serio. Si me perdía, sabía que la policía me ayudaría, este sentimiento lo llevo hasta el día de hoy. Me doy cuenta de que muchos padres sienten que no pueden trasmitir el mismo consejo a sus hijos, y en cambio, los aconsejan sobre lo que deben hacer en caso de que sean detenidos e interrogados.

   No me malinterpreten, tengo un profundo aprecio y admiración por la policía, las amenazas que enfrentan y las decisiones que deben tomar en una fracción de segundo. Nunca he estado en los zapatos de un policía y no envidio la dificultad y el riesgo de su trabajo. Tampoco sé lo que es que me vigilen dentro de una tienda, con la seguridad de que soy sospechoso por el color de mi piel.

  Hace algunos años, hice el comentario acerca de una ciudad, considerándola “un pueblo amigable”. Una joven mujer afroamericana simplemente me preguntó: “¿Para todos?”. La pregunta me sorprendió; mientras trataba de contestar, muchos pensamientos llegaron a mi mente. En ese entonces era un sacerdote católico de mediana edad y me encontraba visitando una universidad católica en una ciudad pequeña con un mínimo porcentaje de población de color. ¿Sería que ella se sentía tan a gusto como yo?

   Debido a que las formas de racismo pueden ser disimuladas, podemos ser ajenos a ellas. Se requiere un gran esfuerzo  para reconocerlas y superarlas. Un sacerdote amigo mío compartió un tema frecuente en su predicación: “Se empieza por mí”. Como con otras muchas cosas, el enfoque se puede aplicar a este tema también. Podemos discutir  la necesidad de cambios culturales, sociales y mientras esos movimientos pueden llegar más allá de mi alcance personal, yo puedo empezar por hacer cambios en mi propia vida, para empezar el proceso. En palabras de San Francisco de Asís: “Santifícate a ti mismo y santificarás a la sociedad”.

   La persecución del pueblo judío está bien documentada. Arthur Miller en su obra “Incidente en Vichy” tiene una línea: “Cada hombre tiene a su judío”. El escritor, en esa breve declaración, ha expuesto al racismo como un problema de la humanidad. Ese “judío” puede ser asiático, indígena, de Medio Oriente—amarillo, negro, moreno, etc. Yo considero que el racismo constituye un problema internacional, no solo un dentro de nuestras fronteras.

   El racismo existe dentro de nuestras fronteras, el reto es nuestro. Como con cualquier pecado, Glenmary se esfuerza por compartir la buena nueva de Cristo,  que hay un mejor camino que el odio y la división. La oración de Cristo dice: “todos sean uno”, ciertamente aplicaría porque todos somos hermanos y hermanas en la raza humana. Aunque el problema es grande y las heridas son reales, el mal del racismo no podrá ser erradicado sin esfuerzo--- empezando por mí.

   Muchas gracias por ayudarnos a compartir la luz de Cristo.