Podadoras, cenas, San Pedro y vocaciones

Posted: 8/16/2017

Por Hno. David Henley /Promotor vocacional

Disfruto podar el césped por la tarde.  Para mí, el empujar la podadora sobre el césped y voltear hacia atrás, ocasionalmente, para ver lo como las cuchillas han dejado una superficie aparentemente lisa es un pasatiempo relajante. 

En dos ocasiones durante esta primavera, traté de prender la podadora para cortar el césped y no encendió.  Mi primer pensamiento fue: “¿Quién de los miembros de la comunidad utilizó la podadora y la guardó con el tanque de gasolina vacío?”.

La primera vez que sucedió, me di cuenta de que había olvidado oprimir el interruptor de encendido el número de veces requeridas.  Es un error común al utilizarla por primera vez después de un largo invierno.  La segunda vez, me acordé de oprimir el interruptor de encendido, pero aun así no funcionó.  Mientras pensaba en cuál de mis hermanos era el culpable de haber dejado el tanque de gasolina vacío, recordé que fui yo el último que la utilizó.

Recientemente durante la cena, con una familia a la que conozco desde hace varios años, la conversación en la mesa giró en torno a temas como el clima, deportes y noticias.  La conversación se dirigió hacia los planes de verano para los niños: programas en la biblioteca, campamentos de verano y viajes  planeados.  Fue en ese momento cuando casualmente pregunté a cada uno de los niños  que querían ser cuando fueran grandes.

Para mi sorpresa, ninguno incluyó en su lista de sueños sacerdote, hermano o hermana religioso.  Cuando sugerí que una de las tres hijas podría ser llamada a ser hermana religiosa algún día, la mamá casi se atragantó con el último bocado de ensalada y dijo: “¡NO!”. Inmediatamente trató de justificarse diciendo: “Bueno, no quiero que estén solas”.  Mientras lo decía,  ella sabía que no era una respuesta correcta.  

En una casa diferente con otra familia, les pregunté a los dos hijos adolescentes: “¿Quién de ustedes está pensando en ser sacerdote?”. Simultáneamente, sus expresiones cambiaron y de inmediato se señalaron el uno al otro y  dijeron “él”.

Aproximadamente hace un año contacté a cerca de 50 preparatorias católicas, universidades y grupos juveniles parroquiales que tuvieron conexión con el Programa de Voluntarios de Glenmary.  Les ofrecí enviar a un sacerdote de Glenmary para celebrar una misa y para platicar con los jóvenes acerca de las vocaciones en la misiones.  Ninguno de ellos aceptó mi ofrecimiento. 

Hace un par de semanas, contacté a  otra parroquia no muy lejos de las oficinas centrales de Glenmary y les expliqué que teníamos a un seminarista de Glenmary trabajando con nosotros en la oficina de vocaciones durante el verano.  Les mencioné que podríamos agendar una cita para que nuestro seminarista se reuniera con su grupo de jóvenes y les platicara sobre la vida en el seminario y el llamado vocacional.  La respuesta del sacerdote fue: “Bueno, tenemos que pensarlo porque nunca lo hemos hecho”.  

En los últimos 50 años, el número de sacerdotes, hermanos y hermanas religiosos en los Estados Unidos ha disminuido considerablemente. Hoy en día hay 20,000 sacerdotes menos sirviendo en los Estados Unidos comparado a hace 50 años.  Hay 100,000 hermanas religiosas menos en los Estados Unidos en el mismo periodo. Históricamente, siempre hubo menos hermanos religiosos que sacerdotes o hermanas religiosas, pero hay 8,000 hermanos menos que hace 50 años.  

Conozco muchas escuelas católicas que anteriormente contaban con  religiosos trabajando en ellas.  Hoy en día no tienen a ninguno.  Conozco parroquias que alguna vez tuvieron su propio párroco que hoy lo comparten con otras parroquias,  el sacerdote tiene que dividir su tiempo entre ellas.  El tener menos religiosos o ningún religioso en nuestras parroquias y escuelas significa que existen menos oportunidades para que los religiosos conozcan y animen a la juventud a discernir su llamado.  Si no ven a un sacerdote, hermano o hermana como modelo a seguir, ¿en dónde aprenderán?

He escuchado a las personas con desesperanza y quejarse cuando cierran una parroquia o cuando se comparten recursos en sus diócesis. Rara vez escucho a un padre de familia decirme que están orando por las vocaciones religiosas, entre sus hijos. 

Los misioneros de Glenmary suelen decir: “Nuestras parroquias misioneras son tan pequeñas, no podemos encontrar vocaciones en ellas” o “No tenemos jóvenes solteros en nuestra misión”.

Aun en las parroquias grandes, en diferentes diócesis, creo que estamos siendo testigos del error de no promover las vocaciones entre nuestros jóvenes.  Por ejemplo, sé de una parroquia en mi diócesis que tiene más de 50 años y nunca ha enviado a un hombre al seminario.  Es una parroquita que tiene más de 600 familias y una escuela primaria y ha tenido más de 30 sacerdotes diocesanos que han servido allí desde su fundación.  Sin embargo, no ha producido sacerdote propio.  Según la encuesta anual de Centro de Investigación Aplicada en el Apostolado (CARA, por sus siglas en inglés), el 82 por ciento de la clase del 2017 de hombres ordenados al sacerdocio fueron alentados por cuatro personas en sus vidas que incluyen: sacerdotes de las parroquias, amigos u otros feligreses. 

El cardenal Joseph W. Tobin, CSsR, de Newark dijo: “De acuerdo con el reporte de ordenación de la clase 2017, un gran número fue alentado por otros a considerar una vocación sacerdotal. Esa estadística debe motivar a todos los creyentes a ser sensibles a la obra del Espíritu Santo, quien quiere utilizarlos  para extender la invitación al Ministerio ordenado”.

Me pregunto si los padres de María, madre de Jesús, la animaron a estar abierta al llamado de Dios.   ¿Oraron con ella y le dijeron que ella tenía dones para compartir con la comunidad? Me pregunto si los primos o amigos de María le dijeron algo como: “Estamos orando por ti durante tu discernimiento hacia donde Dios te está llamando”.  Debieron haber sido sus oraciones de apoyo una parte importante para que María haya dicho: “Aquí está la esclava del Señor”.

Me pregunto si San Pedro habría estado discerniendo su llamado antes de conocer a Jesús.  ¿Sabía él en su corazón, que estaba siendo llamado a servir a Dios de alguna manera desde antes o fue ese día a la orilla del mar cuando escuchó a Jesús decirle: “Ven sígueme, y te haré pescador de hombres?”. Tal vez los padres de Pedro  oraron con él  a través de su vida una oración vocacional para que  estuviera abierto a donde Dios lo llamara.  Quizá uno de sus maestros le dijo: “serás llamado para hacer algo más que pescar peces”. 

En la edición más reciente de la revista Glenmary Challenge, el padre Chet Artysiewicz, presidente de Glenmary, recuerda a sus lectores la necesidad que existe de invitar a los jóvenes a discernir su vocación.  Todos los  católicos creyentes, necesitan más que nunca apoyar a los jóvenes para que estén abiertos  su llamado. Comiecen en casa y después recen para reconocer los dones de los jóvenes en su parroquia.  

Apóyenlos, oren por ellos y oren con ellos.  Ayuden a Glenmary a encender la llama. Es más fácil para este promotor vocacional hablar con un joven que puede decir: “Mi mamá, mi maestro o mi amigo me han dicho que  podría ser un buen sacerdote o hermano religioso” en vez de jalar el cordón de arranque y terminar asombrado y en silencio preguntándose: “¿Quién, yo?”.